Habitar las periferías
Hace pocos meses me metí a un taller de poesía disca donde aprendí muchísimo y cada clase mi cabeza explotaba un montón.
Micheal Foucault decía que uno de los ejercicios de poder más frecuentes es que a las personas que son consideradas fuera de la norma (los presos, los enfermos, las locas o los discapacitados) con afán de que sean devueltas a ella se les lleva a las periferias de las ciudades para no alterar el centro y así estas se muevan con paz y armonía. Por eso no es casualidad que las instituciones psiquiátricas, las cárceles y los centros de rehabilitación del estado estén a las orillas más lejanas de las ciudades.
Una de las cosas que decía Zaria (que es la maestra más maravillosa) era que ella quería habitar las periferias y ya no más los centros.
Se que suena incongruente con el activismo y yo tampoco lo entendía muy bien hasta estos días cuando riendo somos consciencia, la asociación en la que trabajo decidió cambiar de giro y dejar de acompañar a niñxs, adolescentes y jóvenes autistas. Era un espacio donde en las mañanas hacíamos terapias con ellxs, hacíamos rutinas de comida, lavado de dientes, entre otras cosas, les enseñábamos cosas que para sus papás y la sociedad eran un tanto imposibles, creíamos en ellxs y veíamos sus pequeños pero enormes avances, eso sí, siempre respetando sus modos y sus procesos. Queríamos que hicieran las cosas a su manera, no a la manera tradicional de hacerlo. Así descubrí que una bolsa de papás puede abrirse aplastándola hasta que explote, que un jugo puede abrirse con el popote al revés, que podemos contar historias o definir palabras únicamente con dibujos o que podemos decir que color preferimos señalándolo en una blusa, y muchísimas cosas más, y digo, tampoco fue el gran descubrimiento ya que yo como cualquier persona disca también siempre he buscado hacer las cosas a mi manera peeero siempre me daba (incluso a veces todavía me da) cierta pena que me vieran porque cuando las hacía me sentía observada, apresurada y regañada porque no era así como se tenía que hacer.
En riendo no pasaba eso, nunca les decíamos que estaba mal como hacían las cosas, a veces les explicábamos cómo podía ser más fácil y los apoyábamos si algo era muy difícil para ellxs, incluso cuando las cosas se tiraban no buscábamos hacerlos sentir mal y solo les pedíamos que lo levantaran porque claro, también había límites y consecuencias.
Riendo era una periferia porque solo había niñxs con discapacidad que los habían quitado del centro, ya sea por bullying, por el miedo de los papás o por su modo de aprender no iban a la escuela, pero era una periferia segura y amorosa, donde les dábamos y nos dábamos oportunidad de expresarnos y de ser nosotras mismas.
Por eso por fin entendí el habitar las periferias, porque si para estar en el centro tienes que cambiarte a ti o cambiar al mundo cuando esté no quiere hacerlo y solamente tú pones de tu esfuerzo entonces es mil veces menos desgastante habitar espacios chiquitos pero seguros donde no necesitas modificar nada y (más importante) a nadie.
Y sé que la mayoría de las periferias o al menos las más conocidas son horribles y solo buscan modificar a las personas sin incidir en el entorno, donde su fin único es segregar, pero también hay periferias llenas de amor, de cuidados y de resistencias y al menos yo son a las que me refiero cuando digo que habitemos periferias.
Creemos periferias.
Seamos periferia.
Gracias Ceci, Fer y Nana por ser una periferia que dignifica a todas las personas.
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